Gliclazida, Gliflozinas, Hipoglucemiantes

El cuento de la empagliflozina y el espejito mágico

 

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Érase una vez que se era, un fármaco antidiabético oral que se llamaba Empagliflozina (“Empa” para sus amigos). Empa era una molécula muy simpática, con estudios (tenía un master que se llamaba EMPA-REG  y muuuuy atractiva. A ella le gustaba mirarse en su espejo mágico y preguntarle:

  • Espejito, espejito ¿quién es la más bella del reino de los antidiabéticos? ¿No debería ser yo la primera en todo?

Pero el espejo, que era gallego, le respondía con evasivas: 

  • ¿Para qué? y ¿cuándo?

y le recomendaba que consultara en la redGDPS la nueva guía de “belleza” y que no se olvidase que ella misma no era perfecta y a veces tenía alguna espinilla. Además, la recordaba que tenía primas muy simpáticas, que también tenían estudios “ADVANCE-ados” y eran tan bellas como ella.

Empa se enfadaba muchísimo, hasta que un día decidió juntarse con sus hermanas, “las Gliflozinas” (Cana y Dapa), y les dijo:

  • Algo tenemos que hacer. Mi espejito no quiere ponernos como las primeras en todo.

Mientras Dapa permanecía callada, Cana replicó:

Empa estaba decidida a quitarse competidoras, así que tragó orgullo y decidió hablar con sus odiadas primas, “las Gliptinas”. Las convenció que si con la prima Metfor no se podían meter porque había crecido mucho, por lo menos podrían meterse con la prima Glicazida (“Glica” era la única hija de la tía lejana “Sulfonila”) para que nadie saliera con ella. Las hermanas Gliptinas se rieron un rato y fueron todas a por Glica.

Empezaron a diseminar en todos los corrillos de amigas que la Glica era una perdida y  peligrosa molécula. Advirtieron a todos que más de uno se había hipoglucemiado después de estar con ella, y total ¿para qué? por un poco más de efecto. Además, los que más habían disfrutado con ella eran muy viejos, y que probablemente si ahora alguien decidía salir con ella, no lo disfrutarían tanto.   

Cuando Empa volvía a casa, se encontró en los periódicos que habían sacado su foto en portada poniendo en entredicho su master. No decían que fuera falso, tan sólo que le faltaban unos créditos y que había que estudiar un poco más para aumentar sus conocimientos .

Y hasta aquí podemos contar este bello cuento, porque es un cuento vivo que sigue escribiéndose.

Creemos que el final más adecuado para esta historia sería aquel en el que las hermanas Gliflozinas siguen los consejos del espejito mágico y viven felizmente en un mundo lleno de caramelos y piscinas de azúcar, compartiendo sillas en la terraza con el resto de sus primas (incluyendo a la “perdida” Glica).

Nota aclaratoria: por favor que nadie piense en términos sexistas – machistas. Con este cuento clásico tergiversado tan sólo se pretende invitar a pensar. Nada más, pero nada menos.

Santiago Machín (Médico de Familia)

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